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Sumario

¿Y si hubiese sido tu hijo?

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¿Y si hubiese sido tu hijo?

 

    La Provincia de Tucumán fue el escenario donde  Antonio Domingo Bussi y Luciano Benjamín Menéndez fueron condenados a cadena perpetua por la desaparición del ex Senador Guillermo Vargas Aignasse. Casi al mismo momento en que en Buenos Aires el cura Julio Cesar Grassi comenzaba a ser juzgado por abuso de menores, en un proceso judicial donde las irregularidades se suceden una a otra. Y en este mismo contexto, pero en plena Ciudad de Buenos Aires el Juicio por la Masacre de Cromañon comenzó su etapa introductoria.

   Mientras tanto el conjunto de la sociedad argentina, o gran parte de ella, continúa con su habitual rutina, esa rutina tan costumbrista como ciega, sorda y muda.

 

Por Jaque al Rey

 

    Qué doloroso es vivir en un país donde pareciera que “nunca pasa nada” y más tarde, siempre más tarde, de pronto, “como por arte de magia, del destino o de algún dios rencoroso”, ocurre de todo. Vivimos con la liviandad que genera “lo que parece” pero no es. Y cuando lo es, evaluamos si nos toca y si no es así, volvemos al “pareciera”.

“Llegamos siempre tarde donde nunca paso nada”, canta irónicamente Joan Manuel Serrat.

Comulgamos con la ceguera que nos hace inmunes y nos permite vivir en paz custodiando la tranquera de nuestra quinta.

   Sin embargo la Argentina vive convencida que camina en uno los mejores países del mundo, el de las más hermosas mujeres, el de los hombres más “encaradores” y seductores, en la tierra de los alimentos a granel, en la “sociedad solidaria por naturaleza”. Convencidos que no hay nadie que pueda sortear la “viveza nacional” gastamos nuestras suelas mientras repasamos los hombros de los demás.

   Claro está, que las generalidades nunca son justas, y este caso no es la excepción, al menos por el momento.

   Por todo esto es que a nadie puede sorprender que en estos días la Justicia argentina tenga, o haya tenido hasta hace algunos días atrás, en el banquillo de los acusados a Antonio Domingo Bussi, como eslabón fundamental del genocidio ocurrido en nuestro país en la década del 70; al cura Julio César Grassi, acusado de abusar sexualmente de menores, los mismos que decía proteger; y a Omar Chabán, a policías y a ex funcionarios del gobierno de la Ciudad de Bs. As,  responsables de haber creado las condiciones necesarias para que ocurriera la Masacre de Cromañon.

   Sin comparar a uno con otros, todos tienen un punto en común: son el fiel reflejo de un modelo social que desprecia la vida en todas sus facetas. Donde a los seres humanos se los limita sólo a ser máquinas de producción de capital. Pero ninguno de ellos pudo haber hecho lo que hizo si no tuvo, en mayor o menor medida, por acción u omisión, el consentimiento de la sociedad en la que viven.

   Tanto en la dictadura militar del 76, en la Masacre de Cromañon, como en el caso del sacerdote abusador de menores existió un denominador común: el silencio.

   El Silencio de una sociedad que veía cómo se llevaban al vecino y prefería pensar y decir: “Algo habrán hecho”. El Silencio de la Iglesia y muchos de sus fieles ante la acusación a uno de sus hombres “pastores” de cometer uno de los delitos más aberrantes que se pueda pensar, y el Silencio ante la corrupción, la coima, el negociado, lo ilegal, para que propietarios y músicos llenen sus bolsillos.

  Y es allí, funcionando concientes como máquinas productivas, cómplices y generadoras de silencio, cuando la “sociedad argento” no puede esquivar las responsabilidades que le competen.

   El filósofo francés Jean Paúl Sartre aseguraba que “uno es lo que hace y hace lo que han hecho con uno”. Lo que uno “hace” incluye, sin duda, también aquella acción que omite llevar acabo. Por tanto al “no hacer” se esta también construyendo o destruyendo, por tanto se esta haciendo…

   Quizás, entonces, urge preguntar y responder: ¿Qué han hecho de nosotros? ¿Y qué hicimos nosotros?

   ¿Qué han hecho de nosotros, como  para que vivamos cubiertos de insensibilidad y  que tanto cueste  acercarse al dolor ajeno? ¿Tan honda fue la herida, como para no poder aproximarse a la del otro, sabiéndose medicina necesaria al menos para acompañarle en el dolor? ¿Con qué vara nos han medido como para medir de la manera tan cruenta con que lo hacemos? ¿Será una manera de excusarnos hacernos estos interrogantes? ¿Hay margen para las excusas?

  Décadas excusándonos. “No se sabía nada”, se repitió pos dictadura”. “Cromañon fue una tragedia porque se encendió una bengala en un lugar cerrado”, se analizó luego de la masacre.

  ¿Cuál es el pretexto para que el reclamo por la condena a los represores del terrorismo de Estado no sea masivo? ¿Cuál es la evasiva para no gritar frente a las Iglesias exigiendo que no protejan a semejante bestia? ¿Cuál es la  excusa para no marchar junto a los familiares, sobrevivientes y amigos de Cromañon? ¿Cuáles son sino otra que la indiferencia, el no te metas, los mismos caminos que nos condujeron a esta realidad?

    Muchas, variadas y distantes pueden ser las respuestas a estas preguntas. Pero no hay duda que hay una sola si la pregunta fuese: ¿Y si hubiese sido tu hijo?

¿Y si hubiese sido tu hijo? al que una noche vinieron a buscar y se lo llevaron. Y del cual solo supiste que fue torturado hasta partirse de dolor, y más tarde saber que su pareja, que fue secuestrada junto él, esperaba un hijo, y que ese hijo nació en cautiverio  y que los mismos asesinos lo robaron y lo entregaron a desconocidos.

¿Y si hubiese sido tu hijo? el que con apenas 10 o 12 años hubiese sido manoseado, para luego ser abusado sexualmente una y otra vez, por un hombre que cuelga de su cuello una cruz.

 ¿Y si hubiese sido tu hijo? el que esperaba ansioso ir a ver a su banda preferida y cuando la fiesta estaba a punto de empezar ese mismo lugar se transformase en un infierno, e intentase salir y no pudiese porque se tropezaba con cuerpos de otros tantos que habían caído muertos. ¿Y si hubiese sido tu hija?, la que logró salir por un momento de esa trampa mortal, y una vez fuera no pudiendo soportar que sus amigas aún estén  allí, decidiese ingresar nuevamente para rescatarlas,  y al instante envuelta por la oscuridad sintiese que el aire se le acababa y su vida con él.

¿Qué hubieses hecho?

¿No estarías con un pañuelo blanco cubriendo tu cabello, o con esas justas banderas en los juicios por la verdad?

¿No  estarías conviviendo con la bronca y el dolor, ante el silencio y la complicidad de quienes pronunciando la palabra de un Dios, abusan de ese poder, para satisfacer sus deseos bestiales?

¿No estarías mirando, quebrada de dolor, esas zapatillas quemadas que cuelgan del cielo en pleno barrio de Once? ¿No estarías besando una pared donde esta esa foto de tu hijo? Y ¿no entrarías con tu cuerpo golpeado por la desazón, a los tribunales para escuchar detrás de un blindex una y otra excusa?

   En fin, seguro que tu vida, la mía, la nuestra, sería otra… Pero claro como no nos pasó, entonces no pasó nada…    

   Parece que le podría haber ocurrido a cualquiera, pero no fue así, no te ocurrió, no me ocurrió, no nos ocurrió. ¿De verdad que no?

Hasta que un día como por arte de magia, del destino o de algún dios rencoroso te pase, me pase, o nos pase. Pero seguramente nada tendrá que ver la magia, el destino y los dioses y quizás haya sido causa de tu propio egoísmo, de mi oscuro silencio y de nuestra soberbia insensibilidad.

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